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De una taza de té a un cuento chino

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Por Belén Benarós

La anécdota transcurre en Beijing, ciudad que me deslumbró por todos lados durante el viaje a China que hice hace algunos años. Terminaba de pasar los controles y scanners de la estación de subte para subir a la famosa Plaza de Tiananmen (Plaza del Pueblo) cuando me crucé con una chica que me hizo una pregunta simple que no recuerdo. La cuestión es que ese diálogo breve derivó en charlita y más tarde, en paseo. Salimos juntas de la estación y mientras una la escupía a preguntas a la otra sobre su vida y procedencia (ella era china) caminamos por la plaza, pasamos por las puertas de la Ciudad Prohibida y fuimos al imponente teatro de Beijing.

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Hacía ya unos meses que había concluído que los chinos me caían bien y me parecían súper amables y simpáticos, especialmente después de entender algunas cuestiones idiomáticas y de superar las llamadas barreras culturales. Y esta experiencia sumaba una más a mi lista de indicadores. Estaba contenta por lo lindo que es conocer lugareños en cada nuevo destino, pero más aún porque si bien en China no es difícil encontrarlos, la comunicación es todo un tema…Pero como uno siempre se las arregla, y especialmente de viaje, para intercambiar ideas y mensajes entre gestos de lengua de señas y corporales (…y ella hablaba bastante inglés), terminamos yendo a una casa de té a tomar un tradicional té chino.

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El lugar era hermoso, chiquito pero muy bien arreglado y ameno. La chica que nos atendió preparó el té en hebras manipulando e intercambiando magníficamente un montón de las clásicas tacitas chinas que estaban en una bandeja con un conjunto de recipientes y utensilios hermosos, todo muy tradicional. Cada tanto volvía a la mesa y repetía el proceso para volver a servirnos y charlaba también con mi nueva amiga (de la que fue imposible retener el nombre), pero mi chino basiquísimo no daba para distinguir ni una frase completa de sus diálogos, cosa que ambas pudieron advertir…

El té riquísimo, el servicio excelente, el lugar hermoso, mi nueva amiga, una ídola. Me preguntó por mi, le conté qué hacía por allá, me contó sobre ella, su ciudad y cultura, nos sacamos fotos, charlamos mucho y finalmente pedimos la cuenta. Yo seguía pensando en qué lindo era viajar así y cambiar de plan “a piacere” pinte cuando pinte, porque terminan pasando cosas como estas que son únicas y no se olvidan. Y además, porque son vivencias que una probablemente no experimente en su propia ciudad…

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La cuestión es que pedimos la cuenta. “Maidan”. Y la cuenta llegó. Apenas la vi recordé algo que no sólo había leído sino también escuchado miles de veces durante los meses que venía estando por allá…Ni bien uno llega a China se entera de una de las formas más famosas de engaño a los extranjeros: interceptarlos en los alrededores de los distintos íconos turísticos para con la excusa de sacarse una foto o hacer alguna pregunta que dispare la charla, entablar conversación y que comience un gran intercambio cultural con alguien “de local”, que lo llevará luego a tomar un té tradicional a un lugar en el que le cobrarán una suma absolutamente desmedida por ello. Ni el mejor de los tés en la casa más lujosa de toda China podría salir la suma que estaba escrita ahí. En unos pocos segundos recordé eso y mientras sacaba plata para pagar la mitad de la cuenta (había caído tarde pero a tiempo y a la vez tampoco estaba cien por ciento segura) pensé también en la cantidad de veces que mi viejo me decía por mail “cuidado con los desconocidos amables”…

Finalmente “pagamos”, salimos juntas del local y caminamos un par de cuadras hasta el último lugar en común donde nos despediríamos. Ella en el camino se dio cuenta de que se había olvidado el sombrero en la casa de té y ante mi propuesta de volver a buscarlo, dijo que no importaba.. Seguimos la caminata con un poco más de charla de por medio y finalmente, nos despedimos.

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“Delicias” del mercado nocturno

Yo caminé un rato más por la hermosa y cambiante Beijing para disfrutar de las últimas horas de uno de esos días larguísimos de verano, con mucho pero mucho calor. Mientras tanto, pensaba..¿habrá sido una de aquellas estafas? Pero…esta chica era muy simpática…¿O será que China está del otro lado del mundo que los robos son así, agradables? Antes de que una vez de vuelta en Shanghai mi mejor amiga china me confirmara que había caído en la trampa de la que tantas veces había oído hablar, concluí para mi misma que a veces tiene lo suyo quedarse con la intriga ante algo que se disfrutó y de lo que se sacó buen provecho. Muchas preguntas para esas tantas cosas que no conocemos y sobre las que a veces es necesario aplicar el mismo recurso: qué bueno que existe el beneficio de la duda.

Este también terminó siendo uno de los sentidos en los que esta hermosa ciudad (como toda China) me deslumbró. Ciertamente una anécdota de las que no se olvidan y que raramente me pase en mi ciudad…¿Un robo pasivo? ¿Una engañadora amigable?. A la vuelta de Beijing le escribí a mi viejo: “Pa, quedate tranquilo, me robaron pero estuvo buenísimo”. De cómo una gran estafa se puede convertir en un lindo recuerdo o, simplemente, de una taza de té a un cuento chino.

un cuento chino

Salud ó ganbei, con la impostora amigable.