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Comer, viajar y el mundo digital: la promesa del triángulo perfecto

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¿Qué es lo primero que se nos viene a la mente cuando pensamos en el acto de comer? Probablemente, si tuviéramos que describir la acción, pensaríamos en definiciones tales como que “es una necesidad humana básica” o que “responde a una función biológica”.

Por más objetivamente ciertas que sean estas afirmaciones, todos sabemos que comer también incluye muchas otras sensaciones además de saciedad: comer es placentero y un momento donde intervienen casi todos o todos nuestros sentidos.

También al viajar se ponen en juego nuestras percepciones: la vista, el tacto, el olfato y hasta el gusto intervienen en la construcción de la experiencia, sea esta buena o mala. Comer y viajar entonces, son acciones complementarias, orientadas en gran parte al disfrute. En definitiva, podríamos pensar que es una pareja destinada a perdurar.

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Pero en los últimos años, un nuevo jugador se sumó a la escena. Y como pocas veces, no se trató de un tercero en discordia. Sino más bien lo contrario: fue la lógica del mundo digital la que hizo posible la multiplicación de alternativas con las que hoy pueden contar los viajeros para zambullirse en las culturas y la gastronomía locales. Asi, hoy mas que nunca, la comida ocupa un rol privilegiado en la experiencia de conocer sea cual sea el lugar.

Comunidades online como Cookapp Eat With, permiten una experiencia gastronómica difícil de olvidar. Las plataformas conectan turistas con cocineros locales que, previa reserva, reciben a los comensales en el confort de su hogar. Asi, no solo se propone la prueba de preparaciones a base de ingredientes y métodos de la cocina local, sino también el poder hacerlo de la mano de los propios habitantes del lugar. Sea paella casera en el patio de una casa en Toledo o una comida de 9 platos en la granja de una familia residente en las afueras de Florencia, el intercambio es sí de sabores, pero también de historias y formas de vida.

Desayunar, almorzar, merendar y cenar, son entonces momentos culturalmente definidos para compartir, intercambiar, conocer y disfrutar. Y también los movimientos geográficoss son ocasiones donde todo esto tiene lugar, reforzado a su vez por las posibilidades que trae de su mano el mundo online.

Viajar, comer, conectarse. Todo converge hacia una misma tendencia: mayor apertura y predisposición a la experimentación y a la prueba de lo diferente.

¿Cuál es la premisa entonces? Corrernos de lo que nuestro paladar reconoce como su ‘zona de confort’ para experimentar nuevos sabores, así como nuevas formas de acercamiento a las culturas gastronómicas regionales.

 

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